Y así fue como respiré bajo el agua por primera vez
Cierto día conocí SB Divers. Nunca había estado tan familiarizada ni siquiera con el concepto de bucear, sabía que era un curso que podía tomar en la universidad y que en algún momento era necesario que aprendiera, pero genuinamente nunca me había interesado lo suficiente como para querer indagar más allá. Entonces un día hablando con un amigo regresándome a casa me comentó que había oído de este lugar y que le interesaba por los cursos que dictaban y todo lo que involucraba en sí el buceo, y su entusiasmo fue suficiente para contagiarme ese bicho de hey, yo también quiero aprender sobre este mundo.
Fijamos una fecha para ir a San Bartolo a conocer el lugar. Llegamos y nos encontramos a Sol y Juan David, quienes ya buceaban desde hace algunos meses y trabajaban en la tienda, así que nos dieron un recorrido. Vi equipos y accesorios que nunca había visto u oído antes, una gran cantidad de modelos y colores de aletas, máscaras, snorkels, wetsuits, entre otros productos. Cada segundo que pasaba me fascinaba más, era mi primera vez en una tienda de artículos de buceo y cada rincón estaba lleno de productos. Yo estaba anonadada por la increíble variedad de equipos que había ahí. Luego de un rato conversando, llegó un señor cuya figura me pareció un poco imponente. Vestía shorts, gafas de sol, y tenía un aura que gritaba << playa >> por donde lo vieras. Esa fue la vez en que conocí a Jose Cabero, quien tiempo después me enteré de que era el único ‘instructor de instructores’ aquí en Perú. Comenzó entonces a platicarnos sobre el buceo, sobre la certificadora (SSI), sobre los cursos iniciales que íbamos a tomar, las experiencias que ya había tenido con otros chicos, quienes curiosamente estudiaban la misma carrera que nosotros (Biología marina), entre otros detalles.
Mi amigo y yo salimos muy entusiasmados por la plática, por el lugar, y por las nuevas personas que habíamos conocido. No sé él, pero algo en mí cambió ese día, algo nuevo estaba floreciendo, una curiosidad y ganas de aprender todo sobre el buceo, las partes teóricas, lo práctico del deporte en sí, entre otros aspectos como los equipos que se requieren para ello. Al poco tiempo decidí iniciar mi curso Open Water Diver, ese que Jose nos mencionó que sería nuestro primer nivel en el mundo del buceo y que nos abriría las puertas a diversos cursos y especialidades que podríamos aprender más adelante. Admito que tardé más de lo que pensé mi parte teórica del curso, pero nada de eso importó en el instante en que me dijeron “tendrás tu primer buceo hoy”. O bueno, realmente no recuerdo cómo me lo dijeron exactamente, pero sí recuerdo haber sentido una mini corriente de electricidad que recorrió de la punta de mis pies a mis oídos, porque eso que tanto había deseado desde que llegué finalmente iba a pasar.
Para este punto ya sabía bastante de las cosas que implicaba la teoría del buceo, pero por alguna razón más me enfocaba en lo negativo, como qué enfermedades podía contraer si no llegaba a compensar, los síntomas y sensaciones de malestar que sentiría si algo comenzaba a salir mal bajo el agua, ciertos animales que podrían resultar peligrosos si nos topamos con ellos, en fin, un sinfín de aspectos un poco sacados de contexto que podían significar más de lo que verdaderamente son: precauciones al bucear. Claro, hay que prepararse con el manual del Open Water Diver para saber qué hacer en caso alguno de estos ‘inconvenientes’ se nos presente, pero nada diferente a posibles accidentes que puedes sufrir en cualquier otro deporte. Sol me ayudó a elegir mi equipo ese día. Le di mis medidas de peso, altura y talla de zapato, y me sacó un par de botas N°8, un wetsuit 9/10, BCD y aletas small, y una máscara amarilla. Seguía nerviosa, y cada que empacaba uno de los equipos en el bolso, solo podía pensar en “respirarás bajo el agua”.
Pequeño contexto.
Soy una persona que tiene un conflicto con el agua: estoy enamorada del mundo acuático y al mismo tiempo me aterra. Y quizá mis excusas sean muy insignificantes (me ahogué un par de veces de pequeña), pero siendo alguien que de por sí es muy paranoica, nerviosa y sobre todo que tiende a sobrepensar las cosas, lo único que rondaba en mi mente antes de bucear era que me iba a ahogar de nuevo.
Entonces llegamos al famoso muelle abandonado del que tanto había oído, ya que ahí suelen hacer salidas de buceo y demás. Bajamos los tanques, equipos, y comenzamos a alistarnos.
Ah sí, ella es Sol, quien me está ayudando a ajustarme el chaleco.
Ahora una fotito previa inmersión:
Entonces me paré al filo del muelle. Estaba a un paso (literalmente) de esta nueva locura (locura para mí, día a día de otros). Me dijeron que realice el ‘paso del gigante’, que básicamente era estirar un pie fuera del muelle e impulsarte un poco con el que te queda en la plataforma, y dejarte caer hacia el mar.
No la pensé.
Me moría de los nervios nuevamente, pero esta vez no me di tiempo de poder reaccionar ante esos nervios, así que mordí mi regulador (suavemente) y lo cogí junto a mi máscara para saltar, y conté hasta 3 en mi cabeza y me tiré. Recuerdo sentir el frío del agua lentamente invadir el wetsuit y enfriar mi cuerpo, y luego como a los 2 segundos salí a superficie sin necesidad de hacer esfuerzo puesto que el wetsuit en combinación con mi chaleco previamente inflado, hicieron ese trabajo por mí. Apenas salí, Sol, quien se había lanzado instantes antes que yo para hacer un modelo de cómo se hacia el paso del gigante correctamente, me festejó por haber dado ese gran paso (nuevamente, de forma literal).
Y por qué no, capturamos ese momento para siempre.
Ya había hecho gran parte, armar mi equipo, ponérmelo y saltar, pero ahora venía lo más importante: hundirme y finalmente bucear. ¡Al fin bucear!
Nadamos de espaldas unos cuantos metros lejos del muelle, y entonces me dieron la indicación de desinflar mi chaleco. Eso hice y entonces el agua pronto tapó mi boca, mis oídos, mi nariz y pronto mis ojos. Entonces cerré los ojos por un segundo e inmediatamente recordé que no había necesidad, puesto que la máscara me permitiría ver. Seguía hundiéndome y entonces hice lo que hace muchos muchos muuuuuchos años creí imposible… ¡Respiré bajo el agua!
Mordí un poco el regulador (ya no tan suavemente) porque por un instante creí que absobería agua, pero di mi primera bocanada de aire y mi boca se llenó de eso, aire. Una tranquilidad inmediata calmó mi mente y cuerpo y pronto tomé una segunda y tercera bocanada de aire. Ya estaba unos metros más abajo, y entonces comencé a sentir como la turbidez del agua comenzaba a opacarse más, absorviendo un color un poco verdoso, acompañado de unas divertidas burbujas que salían del regulador cada que exhalaba. Sin darme cuenta, llegué al fondo y me arrodillé. Todo había pasado tan rápido y a la vez tan en cámara lenta que no sabía cómo reaccionar. Aunque las condiciones ese día no eran las ideales, para mí fue mágico. Estaba ahí, sumergida, observando con mis propios ojos un entorno nuevo, silencioso y fascinante a su manera.
Por seguridad, decidimos acortar el buceo, ya que en ese momento la visibilidad no permitía ver bien los ejercicios, así que comenzamos a ascender, lentamente. Yo seguía aún nerviosa, aún maravillada, aún en shock, aún respirando (es importante mencionar que no se debe dejar de respirar en ningún momento, reglas básicas del buceo jeje). Llegamos a superficie, nadamos al muelle, me quité los pesos y subimos por una escalera junto a la plataforma de madera. Me quité por fin el regulador de la boca, la máscara de los ojos, y entonces volví a respirar aire (en la superficie) y entonces supe que algo había cambiado para siempre.
¡Había respirado bajo el agua!
Escrito por Lorena Collantes Zea - Divemaster SSI